1 de julio de 2006

Evaluación, ¿para qué?

por Martín Bonfil Olivera
publicado en El muégano divulgador, núm. 33 (julio-agosto de 2006)

El término de moda en los círculos de la divulgación científica es evaluación. La “cultura de la evaluación” ha permeado el medio divulgativo, y hoy parece imposible, casi indecente, proponer un proyecto que no contenga “parámetros objetivos” para su adecuada evaluación.

Sólo un tonto negaría la utilidad de contar con datos que permitan saber si un proyecto va bien o mal. Pero ocurre que no cualquier evaluación es por sí misma útil; incluso, en ciertas circunstancias y casos, una mala evaluación puede causar más daños que beneficios.

El problema tiene dos vertientes. La primera, más obvia, es lo difícil de contar con buenos parámetros de evaluación. Excepto los más obvios; los cuantitativos. ¿Cuántos visitantes recibe un museo o exposición; cuántos asistentes hay en una conferencia; cuántos ejemplares vende una revista?

Y aunque un museo sin visitantes, una revista sin lectores o una conferencia vacía son fracasos a evitar, el simple número de “clientes” no basta para saber si el trabajo tiene calidad y cumple sus objetivos. (Inversamente, los números bajos no necesariamente equivalen a un mal trabajo.)

Lo importante para la divulgación debiera ser tener calidad y cumplir sus objetivos, no una cuota numérica. Y sin embargo, ¡qué difícil ponerse de acuerdo en qué significa calidad, o qué objetivos se buscan!

La segunda dificultad es la concepción misma de evaluación. ¿Evaluar para qué? Cuando se fabrican zapatos o bolillos, debe haber un control de calidad para detectar los productos defectuosos, eliminarlos y evitarlos. La evaluación puede llevarnos a definir el proceso óptimo de producción. Muchos divulgadores, en sus primeras y cándidas aproximaciones al problema de la evaluación, creen que ésta nos permitirá descubrir las mejores recetas para fabricar nuestros productos y hacerlos más eficaces.

Por desgracia, la visión es demasiado simplista. La comunicación pública de la ciencia es mucho más compleja y en ella intervienen demasiadas variables, muchas de ellas –las más importantes- difíciles o imposibles de medir. ¿Qué influencia tiene nuestro trabajo en las decisiones de vida de una persona, en su bienestar, en el entorno cultural o económico de una sociedad..? En cambio, resulta demasiado sencillo cancelar un proyecto por “no ser viable”, a pesar de las virtudes no cuantificables que pudiera tener.

Algunas vertientes divulgativas, como los museos y centros de ciencias, ha desarrollado un trabajo serio de investigación en evaluación. En otras, la evaluación es todavía inmadura, y no es claro que vaya dejar de serlo. Como ocurre en las artes –tan cercanas por su esencia y su función social a la divulgación–, quizá evaluar resulte ser un acto esencialmente inútil.

1 de mayo de 2006

Divulgadores autistas

por Martín Bonfil Olivera
publicado en El muégano divulgador, núm. 32 (mayo-junio de 2006)

El título de esta colaboración pudiera parecer agresivo. No es esa su intención. Sí lo es hacer una crítica a la actitud que, tristemente, parece privar en gran parte del medio de los divulgadores científicos, al menos en nuestro país (y, por desgracia, en nuestra institución).

La palabra “autismo” no se usa aquí en su sentido literal (“síndrome caracterizado por la incapacidad congénita de establecer contacto verbal y afectivo con las personas”).

Es más bien metáfora de una actitud en que cada divulgador trabaja individual, solitariamente, en un aislamiento del que sólo sale para dar a conocer sus obras al resto de la humanidad (o de la tribu divulgatoria).

En efecto: ya sea en la diaria labor creativa de poner la ciencia al alcance del público, o bien en la más bien esporádica reflexión sobre dicha labor (reflexión necesaria pero todavía incipiente, y en la que comienzan a surgir simulaciones que disfrazan estudios superficiales o intrascendentes de investigaciones sesudas), los divulgadores parecemos no tener memoria y no estar dispuestos a tomar en cuenta los hallazgos y el trabajo de nuestros colegas. Pareciera que cada quien prefiere, una y otra vez, redescubrir el hilo negro.

Los divulgadores autistas somos incapaces de formar una verdadera comunidad. Esto tiene varios inconvenientes. Uno es la simple ineficiencia que desaprovecha la experiencia acumulada (así sea la de los intentos fallidos, caminos cuya futilidad ha quedado probada).

Otra desventaja es que los hallazgos y logros propios no son puestos a disposición de los colegas. Al menos no de una manera académica: como herramientas compartidas. En todo caso, se ostentan como triunfos que señalan la propia superioridad frente a los competidores.

El egoísmo ensimismado del divulgador autista es también poco ético: implica el no reconocimiento del éxito y los logros de los demás. Es, en este sentido, una actitud envidiosa.

Pero quizá lo más grave es que la conducta autista impide que entre los divulgadores exista una verdadera actitud académica, es decir, de crítica comunitaria y constructiva. De examen colectivo, sin apasionamientos pero sin complacencias, de las propuestas para seleccionar aquellas que sean más adecuadas para nuestros fines, y que resulten por ello mismo más convincentes para la comunidad.

Mientras no logremos establecer un diálogo académico, formando así una verdadera comunidad profesional, los divulgadores autistas seguiremos contando sólo con nuestros propios recursos individuales. Y seguiremos siendo incapaces de generar ese tipo de pensamiento colectivo que le da su fuerza a esa ciencia que pretendemos divulgar.

5 de enero de 2006

El contrato educativo

por Martín Bonfil Olivera
publicado en El muégano divulgador, núm. 31 (enero-abril de 2006)


Es sabido que uno de los problemas de la divulgación científica -y de muchas disciplinas jóvenes- es que no cuenta con una definición única y universalmente aceptada.

Uno de los puntos más debatidos es la relación entre divulgación y enseñanza (prefiero esta palabra, más concisa, que “educación”, con sus múltiples significados).

Aunque puede justificarse una divulgación científica de objetivo pedagógico, que busque enseñar (producir un conocimiento perdurable en su público), creo que el espíritu de lo que generalmente se entiende como “divulgación” es ajeno a esta idea.

La razón es sencilla: la enseñanza –y su producto, el aprendizaje– son resultado de un proceso complejo que no sólo involucra la generación y recepción de mensajes, sino también su asimilación para integrarse en la estructura conceptual del receptor. Sólo así puede lograrse que el conocimiento adquirido, además de perdurable, sea significativo (y no memorístico). En cualquier caso -incluso en el memorístico-, el aprendizaje requiere de un trabajo intelectual relativamente arduo por parte del receptor/alumno, sin el cual no se produce.

Un proceso de comunicación de contenidos científicos puede también buscar otros objetivos menos ambiciosos que el aprendizaje propiamente dicho. Se puede conseguir, por ejemplo, interesar al receptor en el tema del que se está hablando, e incluso se puede lograr que se comprendan los conceptos sin que necesariamente se los asimile permanentemente.

Estos procesos pueden potenciarse secuencialmente unos a otros: aprender algo resulta más sencillo si primero se ha comprendido, y la comprensión se facilita mucho si existe un interés previo.

Pero, a diferencia de la enseñanza, la divulgación científica no cuenta con lo que llamo un contrato educativo: el compromiso que el alumno adquiere de seguir las indicaciones del profesor y someterse a una evaluación para verificar que el aprendizaje haya tenido lugar. Aunque la enseñanza pueda ser más eficiente si resulta interesante, el contrato educativo asegura que, aun si no lo es, el alumno tiene la responsabilidad de comprender y aprender, so pena de recibir una evaluación reprobatoria.

El trabajo del divulgador, en cambio, al no contar con un contrato similar, tiene por necesidad que resultar interesante (si no, simplemente no hay comunicación). Y puede aspirar a lograr la comprensión en su receptor. Pero buscar el aprendizaje es pedir demasiado a una forma de comunicación que por definición es voluntaria.

Pedirle a la divulgación más de lo que puede dar es una de las más frecuentes causas de su fracaso. Se enseña en la escuela; la divulgación científica está para otra cosa.

1 de octubre de 2005

Divulgadores: ¿especialistas o generalistas?

por Martín Bonfil Olivera
publicado en El muégano divulgador, núm. 30 (octubre-diciembre de 2005)


El lúcido aunque pesimista biólogo molecular Erwin Chargaff expresa en su ensayo “Los amateurs” (reproducido en la compilación Todo por saber, dgdc-unam, 1999) su convicción de que “los expertos son los responsables del lío en que nos encontramos”, y considera que “si el mundo aún puede salvarse será por los amateurs”.

La propuesta resulta pertinente cuando se considera la muy extendida opinión –sobre todo entre investigadores científicos– de que los divulgadores, periodistas científicos y fauna relacionada son una especie de amateurs de la ciencia (llegan incluso a negarles el apellido “científicos”, permitiéndoles tan sólo considerarse “de la ciencia”).

Pocos especialistas hay más especializados que los investigadores científicos. Desde ese punto de vista, es cierto que un divulgador, al abordar un tema especializado, no es más que un amateur. Pero se olvida que las necesidades intrínsecas de la labor de poner la ciencia al alcance del público no científico son tales que no queda más remedio que convertirse, en mayor o menor medida, en un generalista. Alguien que pueda abordar diversos temas –lo amplio de la gama dependerá de los intereses y capacidades personales– con un nivel de profundidad tan sólo adecuado para poder realizar la labor correctamente… y quizá hasta con algo de creatividad, si es posible. Abarcar mucho y apretar tanto como se pueda… No más, por más que uno quisiera.

En vez de tomar la falta de especialización del divulgador como signo de amateurismo (en el sentido peyorativo; la palabra ha llegado a convertirse en sinónimo de “improvisado”), convendría reconocer la profunda importancia que tiene para el divulgador su carácter generalista. Es gracias a él que logra mantener el interés de su público para convertirlo en público cautivo y cotidiano, en “cliente” de la ciencia. Para construir una cultura científica en el ciudadano no basta con ofrecer eventos únicos; hay que mantener una oferta constante y necesariamente variada de ciencia accesible y atractiva.

Chargaff defiende el valor de los amateurs: son los únicos capaces de lograr lo que los especialistas no pueden. No por nada propone “deshacernos de una vez por todas de la ridícula reverencia a la especialización que se nos ha metido en la cabeza”. Reconoce que, fuera de su campo, un especialista es quizá el tipo de persona que puede causar más estropicios.

Si la investigación es imposible sin valiosos especialistas, la divulgación científica requiere por naturaleza, en cambio, gozosos generalistas de la ciencia. (Aunque, necesaria, inevitablemente, un buen divulgador sea también un especialista… en comunicación de la ciencia).

1 de julio de 2005

Ciencia divulgada: ¿discurso primario o secundario?

por Martín Bonfil Olivera
publicado en El muégano divulgador, núm. 29 (julio-septiembre de 2005)


La versión estándar es clara: la labor de divulgación científica consiste en poner el conocimiento científico (o, más ampliamente, la cultura científica, incluyendo su visión del mundo, su metodología, historia, problemas filosóficos y su relación con el resto de la sociedad) al alcance de un público voluntario y no científico (es decir, que no se dedica a la ciencia y que no recibe el mensaje divulgativo como parte de una enseñanza formal).

Visto así, no queda la menor duda de que existe algo, la ciencia (o el conocimiento científico) que construyen unos especialistas (los investigadores científicos), y que el divulgador transforma (traduce, recrea, reformula…) para hacerlo accesible a su público. En ese sentido, el discurso divulgativo es indudablemente secundario: el científico produce y el divulgador distribuye, dándole la presentación adecuada, el producto.

Sin embargo, cuando se profundiza en el proceso de generación del mensaje divulgativo, esta visión simplista se problematiza. En primer lugar, las distinción tajante entre la ciencia de los científicos y la que se divulga es borrosa. Si bien dos biólogos moleculares especializados en la genética del desarrollo de la mosca Drosophila pueden no tener problema alguno para comunicarse, en cuanto salen de su estrecho círculo de colegas para tratar de hacerse entender por, digamos, un biólogo molecular de plantas, comienzan a tener que “divulgar”. Conforme el investigador desciende por el árbol de la especialización para intentar establecer comunicación con un zoólogo, un ecólogo o un botánico (y, al seguir alejándose de su círculo, con un médico, un físico, un ingeniero, un abogado, un plomero…), se ve en la necesidad de adaptar su mensaje para que sea comprensible; traducirlo, darle una nueva forma.

Pero toda traducción implica, necesariamente, una re-creación; traducir nunca es sustituir directamente palabras en un lenguaje (el especializado del investigador, por ejemplo) por las palabras equivalentes en otro (el lenguaje común, digamos). Para traducir se requiere siempre construir un nuevo mensaje en otro idioma, proceso que indudablemente sacrificará algo, pero que para poder llamarse traducción, tiene que mantener cierta fidelidad con el original. Algo se tiene que conservar; cuánto, es el problema que enfrenta el traductor. La traducción de poesía es probablemente el caso extremo: la traducción de un poema tiene necesariamente que ser también un poema; para traducir poesía se tiene que ser poeta.

Toda traducción es creación. La labor de divulgación es también una creación original, que si bien usa como materia prima la ciencia académica de los investigadores, es distinta de ella tanto en forma, contenido y lenguaje; en sus objetivos y públicos. Quizá sea válido, entonces, considerar también la divulgación como un discurso científico primario, relacionado pero distinto del discurso científico de los especialistas.

2 de mayo de 2005

Los ciclos fútiles de la divulgación científica mexicana

por Martín Bonfil Olivera
publicado en El muégano divulgador, núm. 28 (mayo-junio de 2005)


En la grasa parda de los osos que hibernan se presenta un curioso fenómeno: el ciclo bioquímico de oxidación de carbohidratos queda “desacoplado” de la síntesis de ATP, a la que normalmente impulsa. Este “ciclo fútil” ocasiona que la energía se disipe en forma de calor, inútil para cualquier cosa que no sea mantener la temperatura (y seguir hibernando). Algo similar sucede con la comunidad de divulgadores mexicanos.

Don Manuel Calvo Hernando -decano de los periodistas científicos hispanoamericanos- expresó alguna vez admiración ante el gran número de divulgadores científicos mexicanos que participamos en una publicación conjunta (la Antología de la divulgación científica en México, dgdc-unam, 2002).

El elogio probablemente era merecido, pues la comunidad de divulgadores mexicanos, si bien ha crecido con lentitud, mantiene una constante actividad, y ha logrado un creciente reconocimiento y apoyo de la sociedad y sus instituciones. El Congreso Nacional de Divulgación de la Ciencia y la Técnica, organizado cada año por la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la Técnica (somedicyt); la proliferación de centros y museos de ciencias en los distintos estados, y la creciente presencia de la ciencia en los medios mexicanos es la mejor prueba de lo anterior.

Y sin embargo, podríamos haber hecho mucho más. Quizá no tanto en los terrenos de la actividad cotidiana, sino en los de la necesaria reflexión que permite la maduración. A lo largo de estos años lo urgente no ha dejado espacio para lo importante, lo profundo; la acción se ha impuesto al pensamiento y, sobre todo, a la memoria.

Un ejemplo concreto: en trece congresos nacionales se han presentado un sinnúmero de ponencias y reflexiones. De ellas, algunas seguramente habrían merecido un destino mejor que convertirse en simples palabras al viento o, en el mejor de los casos, letras impresas en “memorias” que, irónicamente, pocos consultan y nadie cita (y que últimamente ni siquiera alcanzan siquiera el honor de llegar a estar impresas en papel, lo que hace aún menos probable que algún día sean leídas).

A los divulgadores mexicanos nos ha faltado memoria. Si bien nuestra acción es valiosa, nuestras reflexiones se olvidan, y ello nos condena a repetirnos. Las nuevas generaciones no acumulan la experiencia de las anteriores, y ni siquiera los contemporáneos acostumbramos aprender de nuestros colegas.

Si la Antología ya mencionada fue un valioso primer esfuerzo para remediar esta carencia, valdría la pena que no fuera el último. Quizá así podríamos evitar que la reflexión divulgativa en nuestro país fuera uno más de los ciclos fútiles a que tan afectos somos los mexicanos.

1 de marzo de 2005

Escribir para los colegas

por Martín Bonfil Olivera
publicado en El muégano divulgador, núm. 27 (marzo-abril de 2005)


Entre los artistas, la opinión está dividida. Algunos afirman no necesitar de un público para sentir que su labor se justifica; les basta la satisfacción que proporciona el acto de creación mismo. Otros aceptan que, al menos en principio, la labor artística carece de sentido a menos que llegue a tener un espectador.

Pero los comunicadores --incluyendo, por supuesto, a los comunicadores de la ciencia-- no somos artistas (por más que muchos sintamos que nuestros esfuerzos se asemejan a los del artista en cuanto a búsqueda de originalidad y carencia de un fin práctico más allá del hecho de comunicar una visión del mundo: la que nos da la ciencia).

En tanto comunicadores, nos vemos obligados a aceptar que nuestra labor carece por completo de sentido si no contamos con un público. La comunicación sin receptor es mera emisión de datos que no llegan a adquirir un sentido.

Y sin embargo, es frecuente (más de lo que uno pudiera esperar) encontrarse con productos de divulgación, sean textos, audiovisuales, conferencias o museos, que parecen haberse creado teniendo en cuenta no las características y necesidades del público al que pretenden dirigirse, sino más bien la opinión de los colegas.

Escribir para los colegas es la marca del investigador metido a divulgador. Es frecuente --a menos que se trate de uno de esos relativamente escasos individuos que combinan ambas profesiones-- que los investigadores no tengan realmente claro de qué se trata la labor de poner la ciencia al alcance del público no científico. Y esto se nota en que, al redactar sus textos, están pensando no tanto en cómo lograr hacerse entender por el lego, sino en cómo evitar ser criticados por otros especialistas.

Dicho de otro modo, de los dos requisitos que el buen divulgador tiene que satisfacer simultáneamente, en un acto de equilibrio que sintetiza el arte del divulgador, los especialistas en investigación --que normalmente no son especialistas en divulgación-- tienden a privilegiar el rigor por encima de la amenidad.

Desgraciadamente, a veces el resultado es que estos textos rigurosos fracasan en el primer requisito de la comunicación: servir al lector.